Aún siento entre mis piernas esa butaca roja, la cara hinchada y los cachetes empapados, llenos de canales de sal, esos que me recubren cada surco de mi tez. El cuerpo temblandome, la respiración acelerada y la impotencia de las manos a la hora de reaccionar a algo, solamente a la idea fija de mantener el dedo firme aunque tan tímido en el vacío. A la espectativa de que llegue mi momento, aún sin de verdad quererlo, corrompida por el miedo. Apuntando como cañón para lanzarme a la piscina de miradas. Miradas que duelen y reavivan. De cómplices de lucha. Esas que sientes que aún dadas las palabras te ven con unas gafas diferentes.
Aún percibo el nudo en la garganta formado por todas las palabras atragantadas, queriendo salir al unísono de ese incómodo lugar y continuar su camino a oídos ajenos. Impedidas por el dolor y la impotencia presente en el cuerpo.
Reaccioné ante esto que sentía y decidida las catapulté, despacio pero con claridad. Tanta que abrumo mi miedo, y cada vez fueron más altas para llegar más lejos, que se alejaran lo máximo de mi. Para así, eliminarlas de pecho y de mi ser, vaciando toda marca generado por su reclusión.
Palabras privadas durante mucho tiempo a reflejar las huellas, las heridas y las cargas enquistadas por el desértico silencio imperante de la vida.
Oigo todavía los estímulos presentes a mi alrededor, venido de voces cercanas, llegandose a convertir estos en protagonistas de la historia. Construida en base a todo el llanto expulsado de diversos ojos cansados e hinchados, enrojecidos de rabia y de dolor, tanto propio como el ajeno.
Una historia reflejada y negada durante el trayecto de lo vivido. De esa que duelen cuando la observas y te apuñala fríamente en el "yo". Siendo esto, por tal, el más amplio reflejo de sí misma, de un ombligo muy herido y desgarrado que ha querido ocultarse para no ser tratado.
De ese estado de consciencia que te vislumbra el arcoiris de tu ser. Aquel que realiza el efecto rebote de unas acciones que te destruyeron y que con tanto ahínco negabas, generado por una enseñanza continua impuesta.
Porque tu ya eres tu, sino el ser que queda después de "tu" violencia.
Eres la reproducción, como de un CD pirateado, de una película que tuvo un final donde nadie comió perdices, donde nadie te dio fórmulas y donde los dragones eran los seres que más querías.
Imaginas que aquello que se genera en un espacio, se dispersa en los recuerdos, quedando estancados en la memoria para pudrírse ahí como cual desecho. Erróneo pensamiento del que en tu cuerpo no queda codificado nada de ello.
Niegas y realizas una evitación activa de toda interacción tuya. Porque no eres tu, no puede serlo. Tu no puedes ser la imagen del monstruo que tanto te quitó el sueño. No te cabe en la cabeza que eres el producto de un patrón.
Ante esto... Sólo queda.... El silencio.
Me abrazo, y reconozco lo que queda de mi (de ti) y me acaricio con ternura cada herida vista y cada cicatriz entreabierta. Ya no queda más que aceptarme(te). No esperó más, porque no necesito seguir tragando.
Los recuerdos no son algo que sólo se sienta en tu mente, sino que te acompañan en tu todo...
Sólo queda alegrarme por el paso que he dado y por la vida que aún me espera. " Dialogar", desde mi amor, de ese que no conocía, al ser que tanto escondía debajo de la cama de mis sentimientos, en una cajita muy alejada de donde pudiera cogerla.
Seguir caminando, seguir llorando y seguir cantando, seguir y seguir en un continuo cambio, en una metamorfosis de todo lo revuelto en mí. Dejar la vergüenza por soltarlo y de las agrias experiencias de una realidad pasada.
Sólo me queda la complicidad y el alivio venido de una soltura de costuras que de tanto apretar, ahogaban hasta el espíritu.
Esa guerra ha terminado, aprehendiendo de ella, y aferrando me a la vida que me espera, a una vida marcada por el continuo trayecto de la calma y la libertad.
Hoy, más preparada que nunca ,y menos de lo que en un futuro estaré, que pueden llegar y que recibiré cualquier golpe que me den, por muy silenciosa que este escondida la violencia.
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