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domingo, 14 de diciembre de 2014

Un cuento de cajas y ángeles.

Desperté en un lugar donde ni siquiera se pronunciar. Ni se recordar. Perturbada por silencio. Ahogándome en el mar de las palabras, en el de las dudas y de las diferencias.
Me encontré, al fin, en una caja, tan reducida como enorme. Siento testigos en mi coronilla, espectros redundantes de la vida. Con ojos pacientes, a la espera de algún falso movimiento. De bocas entreabiertas y podridas por tanto tragar, tanto callar, tanto esconder verdades. Su baho camuflado en bondades y promesas de un mañana. Científicos jugando con el ser, entendiéndolo sin el sentir de la normalidad. Creyendo que en sus ojos s encuetra toda la visión de lo real, y en su pecho el latir de un sincero corazón. Juzgando lo ajeno, con el atisbo de la sabiduría, el cual se permitiría sólo aquel que en el sufrir de los momentos le ha sido generado la teoría. Grandes intelectuales reclutados por la orden de la vida. Ellos son los maestros generadores de mi desconcierto. Siendo el experimento del comportamiento, con continuas acciones y reacciones fomentadas por sentimientos frustrados. 

Ahí estoy, sin visión y sin oído. Pequeña y sin respirar, desesperada en una campaña por la libertad. Atenta a encontrar una superficie donde agarrarme, para poder salir, y sentirme. Vislumbrarme. Tocarme. Mirarme, sin la  necesidad de espejos deformados.
Danzando por las cuatro esquinas, con cada pasos temorosos al que se avecina. Perdiendo, poco a poco, el rumbo del antecesor, invento generado por la casualidad.

Sigo oteando el horizonte de la oscuridad, en el intento de entenderlos. Percibirlos sin sus batas, sin sus risas, ni su mirar de cálida tonalidad. Sólo viéndoles su corazón, un entresijo de preguntas y recuerdos, de imágenes de ángeles de cantar dulce. 
Planteo todos los ecos de sus palabras, leyéndolos desde mis rincones. Sin encontrar aún la emacipacion que estas otorgan. Oteo constantemente, incluso en el profundo soñar que da la noche, para poder encontrar toda huella entendible o perceptible de lo que aún me queda de consciencia.


Desperté nuevamente en muros de cemento fortificado. Tan extensos gestadores de penumbras donde alcanzara la vista. De colores grises opacos, lleno de lágrimas incomprensibles y llantos retumbantes. Tan fríos que al tacto producía impresión. Objetos que en una época fueron arrebatados de la vibración propia. 

Atontada por el cambiar de escenario, lúcida de la lejanía de mis testigos y de sus juicios. Reflejo extrañada que el ver, el oír y el sentir recorren por mi ser. Llenándolo por  completo.
Resurjo por mis muros, llegando hacia su cima tan lejos del suelo y tan cerca del cielo. Por fin, en mi tez se refleja la luz, esa que sólo la mañana provoca la llamada a la vida. 
En el confín consigo verlos, tan insólito a mis ojos, ocupando como una vez yo hice la caja de experimento. Con colores diferentes y ensordecedoras voces de ángeles dirigentes. Con la luna en su cabeza y el agua salada en sus piernas. 

Sorprendiendome de la alegría que genera el desapego y el vibrar de la energía. Como sí de otro humano renaciese en esta pesadumbre.

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