En una esfera, no muy alejada de esta, se encontraba un duendecillo. Tenía los ojos pequeños de color esmeralda; su nariz era grande y afinada, sus labios suaves y carnosos . De tez tostada y cabellos que semejaban al de la madera. Un duendecillo diferente a los demás, con el alma inquieta y viajera.
Cantaba y bailaba al compás de los tambores, tan melódicamente que sus pasos se confundían con las notas. Reía de forma tan efusiva que desde otras esferas se le presentía, sin importar distancia, desconcertaba a los demás, rompiendo todo lo normal. Lo hacia para revelar, de verdad, el ser de duendecillo de los demás, y demostrar la diversidad. Se mofaba, de manera desinteresada, de las circunstancias de la vida, con ello, consiguiendo hacerlas tan pequeñas como él las veía. Las capturaba con las palmas de sus manos para transformarlas en momentos menos amargos.
Sus análisis diferentes al resto se ocasionaban, porque en sus oídos las voces de la materialidad le avisaban de lo que pasaba. Rumiaba todos los vocablos de cada una de ellas, para al final postrarse frente a todos, con un tono seguro y conquistador, que era el mejor orador.
A veces, cuando recordaba el bramor del mar y el olor de la sal, de una tierra que en algún momento llego a ocupar, el duendecillo se transformaba en una imagen antagónica de él: un animalito de patas fuertes y abundante pelo. Dejando atrás su forma mágica y siendo la forma que en su alma escondía. Con todos sus sentidos puestos en las llamadas, que en el silencio lo reclamaban, de la naturaleza y uniéndose por completo a ésta. Corría con el viento para alcanzarlo, deseando que se lo llevara en busca de nuevos horizontes lejos de esta esfera. Olfateando, de vez en cuando, el aroma que este aliado a su paso le dejaba con exóticos olores de diversas fragancias, todas capturadas y catalogadas.
Se sentía siempre acompañado de los demás animalitos, que aún no siendo como ellos, dado que sus formas eran siempre constantes, lo trataban como uno más de su manada, durmiendo largas noches al ras de la hierba y mordiendo al son del juego. No les importaba el tiempo, ni su intención de calcularlo ya que no entendían de horas ni minutos, sabían que el único momento era el ahora.
Cuando la población lo llamaba, el duendecillo cambiaba, dejando atrás su aspecto y la libertad de su alma, muy a su pesar, dejaba guardado todo lo salvaje que su consciencia le proporcionaba. Componiendo nuevamente su antiguo aspecto de caminar erguido con ropajes ajustados y relojes establecidos. Vivía en continuas máscaras que proporcionaba su esfera. Cada día una, todas muy parecidas pero muy diferentes a las de sus entrañas. Mostrando el espejo de la urbe para con sus demás camaradas. No llegaba a sentir pena por ello, porque en el recuerdo más oculto de su cerebro, siempre se encontraba a sí mismo, sin las fachadas constantes del devenir de los días. Esa esencia se mantenía constante, fuerte e imperante, no dejándose de amedrentar por las murallas que generaba la metrópoli y sus habitantes. No sentía vergüenza porque no se veía en el protocolo de la simpatía ni de las falsas cortesías. Se alejaba de los grupos que tan pesadas cargas llevaban, quizás por la ciudad o por sus disfraces, siendo sólo libres con copas rotas, creyéndose con ello más fraternales, aunque sólo demencia rebosaban. Este duendecillo los veía, con el antifaz de la ética y el dolor que sólo podía generar las reminiscencias, como sus almas se pudrían en cada trago que bebían. Reía y reía, para así eliminar tensión de la festividad y apalear la diferencia que él sentía. Todos lo confundían y muchos duendes no lo entendía. Él no necesitaba pócimas para ser más eufórico ya que, en la profundidad de su corazón, su verdadero motor eran todas las ansias de vivir al ton y son.
Cuando la población lo llamaba, el duendecillo cambiaba, dejando atrás su aspecto y la libertad de su alma, muy a su pesar, dejaba guardado todo lo salvaje que su consciencia le proporcionaba. Componiendo nuevamente su antiguo aspecto de caminar erguido con ropajes ajustados y relojes establecidos. Vivía en continuas máscaras que proporcionaba su esfera. Cada día una, todas muy parecidas pero muy diferentes a las de sus entrañas. Mostrando el espejo de la urbe para con sus demás camaradas. No llegaba a sentir pena por ello, porque en el recuerdo más oculto de su cerebro, siempre se encontraba a sí mismo, sin las fachadas constantes del devenir de los días. Esa esencia se mantenía constante, fuerte e imperante, no dejándose de amedrentar por las murallas que generaba la metrópoli y sus habitantes. No sentía vergüenza porque no se veía en el protocolo de la simpatía ni de las falsas cortesías. Se alejaba de los grupos que tan pesadas cargas llevaban, quizás por la ciudad o por sus disfraces, siendo sólo libres con copas rotas, creyéndose con ello más fraternales, aunque sólo demencia rebosaban. Este duendecillo los veía, con el antifaz de la ética y el dolor que sólo podía generar las reminiscencias, como sus almas se pudrían en cada trago que bebían. Reía y reía, para así eliminar tensión de la festividad y apalear la diferencia que él sentía. Todos lo confundían y muchos duendes no lo entendía. Él no necesitaba pócimas para ser más eufórico ya que, en la profundidad de su corazón, su verdadero motor eran todas las ansias de vivir al ton y son.
Sabía mejor que nadie, que el pecado, proporcionando por este ambiente, ya desde su más tierna presencia, era la soberbia. Sólo curada en sus momentos de plena existencia, cuando su ser salvaje volvía a eclosionar de su recóndito espíritu. No pertenecía a este universo, ni a esta era aunque se integraba, a su manera, perfectamente en ella. Tampoco se quedaría mucho tiempo en esta esfera, porque intuía que tarde o temprano llegaría su momento en el que partir fuera su único término.
Pasaba largas horas contemplando al Sol, buscando su calor y que encendiera su interior. Cuando lo perdía de vista se ofuscaba y una espiral de tristeza le llenaba. Sentía que navegaba como marinero sin rumbo fijo, entre largas y ruidosas tempestades. Hasta que sus ojos no lo localizaban, no encontraba el significado de las palabras, por eso largas horas callaba, inmóvil en las paredes de su casa. Se extrañaba de que la gente tan banalmente no apreciaba el fuego de su camarada y que potingues se esparcieran en sus cuerpos para que su marca en sus pieles no quedara. No entendía cómo le hacian eso a su camarada. Lo acuñaban de gracioso, dado que entre risas siempre lo comentaba, pero con la sinceridad de su insólita existencia, cuando alegaba que las nubes un complot formaban para que, de manera muy celosa, sólo a ellas las calentara.
Su fiel amiga era la Luna, que sólo a esta sus secretos más ocultos le otorgaba. Ella era la que cuidaba sus sueños y sus esperanzas. Guiándolo, con la mayor sabiduría, en la travesía de la subsistencia. La Luna era sabia porque en todas sus faces sus años mostraba y el duendecillo aquello lo respetaba, aprovechaba como nadie las palabras que ella le susurraba. Ningún movimiento hacía, ni siquiera en su ser más salvaje y soberano, sin antes poder contemplar las observaciones que su compañera le manifestaba. Por ello, éste por su paso seguro andaba, porque en cualquier lugar ella cerca se encontraba. Cuando el sueño no podía conciliar, el duendecillo se acercaba a la luz que ella suscitaba para poder conversar de las otras realidades que la Luna valoraba. Largas historias se contaban, muchas incomprensibles para las personas, porque la Luna otra jerga comunicaba. Tan unida al duendencillo, que aquello no importaba, si mil lenguas hablara o solo una notificara. Entre los dos, ejercicios realizaban para liberarse continuamente de los círculos que todo a su alrededor se fortificaban.
Todo aquel que sabía apreciar la claridad cuando todo es oscuridad, conocía la magia que la Luna daba, y a su vez, la locura de la que siempre la marcaba. A ella no le importaba, porque siempre feliz se mostraba, no obstante la soledad buscaba
El duendecillo vivía acompañado del silencio y el retiro, de la calma y la alegría. Admiraba a otros seres que estaban, junto con él, en otra dimensión alejado de las mundanas relaciones pre-establecidas. Pocos los había pero con gran amor los acogía, dándoles otro corazoncito de espacios infinitos. En uno de esos hechos del transcurrir de la vida, acompañado por la coreografía de las energías, y justo en el época que más oscuridad se le cernía, su camino se cruzó con el de un extraño ser que en otra dimensión parecía proceder.
Era una hada de alas hermosas pero temerosas por los estándares fijados del transcurrir de las memorias. Aún así, se caracterizaba por la firmeza de su talante, acompañada por frenesí de sus movimientos y la pasión, que desde su origen le marcaba. Todo siempre bajo el estandarte firme de un corazón, que según a los ojos de algunos observadores, no entraban dentro de su cuerpo frágil. Este órgano, tan inusual como su dueña, no sólo tenía cabida para una sola persona, sino que más de uno lo ocupaba, desquebrajando las reglas y enseñando que el amor no es sólo algo intrínseco de dos. Esta hada con cada aleteo, le proporcionaba al duendecillo nuevos saberes junto con una fracción de vida de prolongadas variaciones.
En un acercamiento proporcionado por el duendecillo, se reforzó una íntima amistad con la Luna y ésta, al ver la alegría que en sus rostros se daba por su ligazón, favorecía con su estela el aleteo de ella y las transformaciones más primitivas de él.
Junto con la hada, él descubrió nuevos extensiones, acompañadas por fin del viento, corriendo nuevamente contra el tiempo. Por muy agridulce que fuera el momento, siempre volvían como al principio, llenos de jocosos recuerdos. Aunque su hada por muy lejos se elevase, ya que ese era el presente que la vida le había dado al duendecillo, siempre había forma de conectarse. Sin importar la separación de sus cuerpos, aún a millones de kilómetros, sus almas en los mismos escenarios se movían. Éste la sentía, sólo cerrando sus ojos la veía, llenándose el alma, al comprobar que esta hada suaves sonidos emitía.
Era una hada de alas hermosas pero temerosas por los estándares fijados del transcurrir de las memorias. Aún así, se caracterizaba por la firmeza de su talante, acompañada por frenesí de sus movimientos y la pasión, que desde su origen le marcaba. Todo siempre bajo el estandarte firme de un corazón, que según a los ojos de algunos observadores, no entraban dentro de su cuerpo frágil. Este órgano, tan inusual como su dueña, no sólo tenía cabida para una sola persona, sino que más de uno lo ocupaba, desquebrajando las reglas y enseñando que el amor no es sólo algo intrínseco de dos. Esta hada con cada aleteo, le proporcionaba al duendecillo nuevos saberes junto con una fracción de vida de prolongadas variaciones.
En un acercamiento proporcionado por el duendecillo, se reforzó una íntima amistad con la Luna y ésta, al ver la alegría que en sus rostros se daba por su ligazón, favorecía con su estela el aleteo de ella y las transformaciones más primitivas de él.
Junto con la hada, él descubrió nuevos extensiones, acompañadas por fin del viento, corriendo nuevamente contra el tiempo. Por muy agridulce que fuera el momento, siempre volvían como al principio, llenos de jocosos recuerdos. Aunque su hada por muy lejos se elevase, ya que ese era el presente que la vida le había dado al duendecillo, siempre había forma de conectarse. Sin importar la separación de sus cuerpos, aún a millones de kilómetros, sus almas en los mismos escenarios se movían. Éste la sentía, sólo cerrando sus ojos la veía, llenándose el alma, al comprobar que esta hada suaves sonidos emitía.
Con el pasar del tiempo, el duendecillo cayó en cuenta de que sólo sombras del hada habitaban en su día a día. Luchando contra el espacio/tiempo quiso retormarla a su vida. Obstinado en la continua nostalgia, del sentir solo de su corazón y no de su presencia.
Llegada la hora, con una singular tristeza, postrado frente a sí mismo, se dio cuenta de que los grandes momentos por su vida pasaban, como el correr del agua. Aunque todos a su alrededor estancados como piedras se quedaban. Le puso nombre a la realidad que vivía y, sin saberlo durante tanto tiempo, que todo era parte de un destino.