Tú por aquí...

Sed bienvenidos a este pequeño universo de neuronas y entes olvidados ...

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Un duendecillo en herméticas esferas

En una esfera, no muy alejada de esta, se encontraba un duendecillo. Tenía los ojos pequeños de color esmeralda; su nariz era grande y afinada, sus labios suaves y carnosos . De tez tostada y cabellos que semejaban al de la madera. Un duendecillo diferente a los demás, con el alma inquieta y viajera. 
Cantaba y bailaba al compás de los tambores, tan melódicamente que sus pasos se confundían con las notas. Reía de forma tan efusiva que desde otras esferas se le presentía, sin importar distancia, desconcertaba a los demás, rompiendo todo lo normal. Lo hacia para revelar, de verdad, el ser de duendecillo de los demás, y demostrar la diversidad. Se mofaba, de manera desinteresada, de las circunstancias de la vida, con ello, consiguiendo hacerlas tan pequeñas como él las veía. Las capturaba con las palmas de sus manos para transformarlas en momentos menos amargos.
Sus análisis diferentes al resto se ocasionaban, porque en sus oídos las voces de la materialidad le avisaban de lo que pasaba. Rumiaba todos los vocablos de cada una de ellas, para al final postrarse frente a todos, con un tono seguro y conquistador, que era el mejor orador. 

A veces, cuando recordaba el bramor del mar y el olor de la sal, de una tierra que en algún momento llego a ocupar, el duendecillo se transformaba en una imagen antagónica de él: un animalito de patas fuertes y abundante pelo. Dejando atrás su forma mágica y siendo la forma que en su alma escondía. Con todos sus sentidos puestos en las llamadas, que en el silencio lo reclamaban, de la naturaleza y uniéndose por completo a ésta. Corría con el viento para alcanzarlo, deseando que se lo llevara en busca de nuevos horizontes lejos de esta esfera. Olfateando, de vez en cuando, el aroma que este aliado a su paso le dejaba con exóticos olores de diversas fragancias, todas capturadas y catalogadas. 
Se sentía siempre acompañado de los demás animalitos, que aún no siendo como ellos, dado que sus formas eran siempre constantes, lo trataban como uno más de su manada, durmiendo largas noches al ras de la hierba y mordiendo al son del juego. No les importaba el tiempo, ni su intención de calcularlo ya que no entendían de horas ni minutos, sabían que el único momento era el ahora.
Cuando la población lo llamaba, el duendecillo cambiaba, dejando atrás su aspecto y la libertad de su alma, muy a su pesar, dejaba guardado todo lo salvaje que su consciencia le proporcionaba. Componiendo nuevamente su antiguo aspecto de caminar erguido con ropajes ajustados y relojes establecidos. Vivía en continuas máscaras que proporcionaba su esfera. Cada día una, todas muy parecidas pero muy diferentes a las de sus entrañas. Mostrando el espejo de la urbe para con sus demás camaradas. No llegaba a sentir pena por ello, porque en el recuerdo más oculto de su cerebro, siempre se encontraba a sí mismo, sin las fachadas constantes del devenir de los días. Esa esencia se mantenía constante, fuerte e imperante, no dejándose de amedrentar por las murallas que generaba la metrópoli y sus habitantes. No sentía vergüenza porque no se veía en el protocolo de la simpatía ni de las falsas cortesías. Se alejaba de los grupos que tan pesadas cargas llevaban, quizás por la ciudad o por sus disfraces, siendo sólo libres con copas rotas, creyéndose con ello más fraternales, aunque sólo demencia rebosaban. Este duendecillo los veía, con el antifaz de la ética y el dolor que sólo podía generar las reminiscencias, como sus almas se pudrían en cada trago que bebían.  Reía y reía, para así eliminar tensión de la festividad y apalear la diferencia que él sentía. Todos lo confundían y muchos duendes no lo entendía. Él no necesitaba pócimas para ser más eufórico ya que, en la profundidad de su corazón, su verdadero motor eran todas las ansias de vivir al ton y son. 
Sabía mejor que nadie, que el pecado, proporcionando por este ambiente, ya desde su más tierna presencia, era la soberbia. Sólo curada en sus momentos de plena existencia, cuando su ser salvaje volvía a eclosionar de su recóndito espíritu. No pertenecía a este universo, ni a esta era aunque se integraba, a su manera, perfectamente en ella. Tampoco se quedaría mucho tiempo en esta esfera, porque intuía que tarde o temprano llegaría su momento en el que partir fuera su único término.

Pasaba largas horas contemplando al Sol, buscando su calor y que encendiera su interior. Cuando lo perdía de vista se ofuscaba y una espiral de tristeza le llenaba. Sentía que navegaba como marinero sin rumbo fijo, entre largas y ruidosas tempestades. Hasta que sus ojos no lo localizaban, no encontraba el significado de las palabras, por eso largas horas callaba, inmóvil en las paredes de su casa. Se extrañaba de que la gente tan banalmente no apreciaba el fuego de su camarada y que potingues se esparcieran en sus cuerpos para que su marca en sus pieles no quedara. No entendía cómo le hacian eso a su camarada. Lo acuñaban de gracioso, dado que entre risas siempre lo comentaba, pero con la sinceridad de su insólita existencia, cuando alegaba que las nubes un complot formaban para que, de manera muy celosa, sólo a ellas las calentara. 

Su fiel amiga era la Luna, que sólo a esta sus secretos más ocultos le otorgaba. Ella era la que cuidaba sus sueños y sus esperanzas. Guiándolo, con la mayor sabiduría, en la travesía de la subsistencia.  La Luna era sabia porque en todas sus faces sus años mostraba y el duendecillo aquello lo respetaba, aprovechaba como nadie las palabras que ella le susurraba. Ningún movimiento hacía, ni siquiera en su ser más salvaje y soberano, sin antes poder contemplar las observaciones que su compañera le manifestaba. Por ello, éste por su paso seguro andaba, porque en cualquier lugar ella cerca se encontraba. Cuando el sueño no podía conciliar, el duendecillo se acercaba a la luz que ella suscitaba para poder conversar de las otras realidades que la Luna valoraba. Largas historias se contaban, muchas incomprensibles para las personas, porque la Luna otra jerga comunicaba. Tan unida al duendencillo, que aquello no importaba, si mil lenguas hablara o solo una notificara. Entre los dos, ejercicios realizaban para liberarse continuamente de los círculos que todo a su alrededor se fortificaban. 
Todo aquel que sabía apreciar la claridad cuando todo es oscuridad, conocía la magia que la Luna daba, y a su vez, la locura de la que siempre la marcaba. A ella no le importaba, porque siempre feliz se mostraba, no obstante la soledad buscaba

El duendecillo vivía acompañado del silencio y el retiro, de la calma y la alegría. Admiraba a otros seres que estaban, junto con él, en otra dimensión alejado de las mundanas relaciones pre-establecidas. Pocos los había pero con gran amor los acogía, dándoles otro corazoncito de espacios infinitos. En uno de esos hechos del transcurrir de la vida, acompañado por la coreografía de las energías, y justo en el época que más oscuridad se le cernía, su camino se cruzó con el de un extraño ser que en otra dimensión parecía proceder. 
Era una hada de alas hermosas pero temerosas por los estándares fijados del transcurrir de las memorias. Aún así, se caracterizaba por la firmeza de su talante, acompañada por frenesí de sus movimientos y la pasión, que desde su origen le marcaba. Todo siempre bajo el estandarte firme de un corazón, que según a los ojos de algunos observadores, no entraban dentro de su cuerpo frágil. Este órgano, tan inusual como su dueña, no sólo tenía cabida para una sola persona, sino que más de uno lo ocupaba, desquebrajando las reglas y enseñando que el amor no es sólo algo intrínseco de dos. Esta hada con cada aleteo, le proporcionaba al duendecillo nuevos saberes junto con una fracción de vida de prolongadas variaciones. 
En un acercamiento proporcionado por el duendecillo, se reforzó una íntima amistad con la Luna y ésta, al ver la alegría que en sus rostros se daba por su ligazón, favorecía con su estela el aleteo de ella y las transformaciones más primitivas de él
Junto con la hada, él descubrió nuevos extensiones, acompañadas por fin del viento, corriendo nuevamente contra el tiempo. Por muy agridulce que fuera el momento, siempre volvían como al principio, llenos de jocosos recuerdos. Aunque su hada por muy lejos se elevase, ya que ese era el presente que la vida le había dado al duendecillo, siempre había forma de conectarse. Sin importar la separación de sus cuerpos, aún a millones de kilómetros, sus almas en los mismos escenarios se movían. Éste la sentía, sólo cerrando sus ojos la veía, llenándose el alma, al comprobar que esta hada suaves sonidos emitía. 
Con el pasar del tiempo, el duendecillo cayó en cuenta de que sólo sombras del hada habitaban en su día a día. Luchando contra el espacio/tiempo quiso retormarla a su vida. Obstinado en la continua nostalgia, del sentir solo de su corazón y no de su presencia. 

Llegada la hora, con una singular tristeza, postrado frente a sí mismo, se dio cuenta de que los grandes momentos por su vida pasaban, como el correr del agua. Aunque todos a su alrededor estancados como piedras se quedaban. Le puso nombre a la realidad que vivía y, sin saberlo durante tanto tiempo, que todo era parte de un destino. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

Personajes en el interior.


Aquellos hombres, que se esconden de alegría, 
entre las piedras vacías.
Que reflejan en su mirar el eterno cantar
de las sonrisas 

Aquellos hombres, que en su pecho 
reflejan el amor, 
de un sentir lejano.
De uno cercano. 

Aquellos hombres, que crean las mentiras,
 creyéndose los únicos capaces de vivirlas.
Manteniéndose distantes 
de los corazones 
 
Aquellos hombres, que se esconden 
en máscaras de seres.
Danzando como feligreses, 
burlándose de los corrientes.

Todos aquellos, que mis brazos tocaron
y mi ojos miraron.
Se quedan postrados en el silencio,
como cual oscuro juego,
riéndose de los momentos. 

domingo, 14 de diciembre de 2014

Un cuento de cajas y ángeles.

Desperté en un lugar donde ni siquiera se pronunciar. Ni se recordar. Perturbada por silencio. Ahogándome en el mar de las palabras, en el de las dudas y de las diferencias.
Me encontré, al fin, en una caja, tan reducida como enorme. Siento testigos en mi coronilla, espectros redundantes de la vida. Con ojos pacientes, a la espera de algún falso movimiento. De bocas entreabiertas y podridas por tanto tragar, tanto callar, tanto esconder verdades. Su baho camuflado en bondades y promesas de un mañana. Científicos jugando con el ser, entendiéndolo sin el sentir de la normalidad. Creyendo que en sus ojos s encuetra toda la visión de lo real, y en su pecho el latir de un sincero corazón. Juzgando lo ajeno, con el atisbo de la sabiduría, el cual se permitiría sólo aquel que en el sufrir de los momentos le ha sido generado la teoría. Grandes intelectuales reclutados por la orden de la vida. Ellos son los maestros generadores de mi desconcierto. Siendo el experimento del comportamiento, con continuas acciones y reacciones fomentadas por sentimientos frustrados. 

Ahí estoy, sin visión y sin oído. Pequeña y sin respirar, desesperada en una campaña por la libertad. Atenta a encontrar una superficie donde agarrarme, para poder salir, y sentirme. Vislumbrarme. Tocarme. Mirarme, sin la  necesidad de espejos deformados.
Danzando por las cuatro esquinas, con cada pasos temorosos al que se avecina. Perdiendo, poco a poco, el rumbo del antecesor, invento generado por la casualidad.

Sigo oteando el horizonte de la oscuridad, en el intento de entenderlos. Percibirlos sin sus batas, sin sus risas, ni su mirar de cálida tonalidad. Sólo viéndoles su corazón, un entresijo de preguntas y recuerdos, de imágenes de ángeles de cantar dulce. 
Planteo todos los ecos de sus palabras, leyéndolos desde mis rincones. Sin encontrar aún la emacipacion que estas otorgan. Oteo constantemente, incluso en el profundo soñar que da la noche, para poder encontrar toda huella entendible o perceptible de lo que aún me queda de consciencia.


Desperté nuevamente en muros de cemento fortificado. Tan extensos gestadores de penumbras donde alcanzara la vista. De colores grises opacos, lleno de lágrimas incomprensibles y llantos retumbantes. Tan fríos que al tacto producía impresión. Objetos que en una época fueron arrebatados de la vibración propia. 

Atontada por el cambiar de escenario, lúcida de la lejanía de mis testigos y de sus juicios. Reflejo extrañada que el ver, el oír y el sentir recorren por mi ser. Llenándolo por  completo.
Resurjo por mis muros, llegando hacia su cima tan lejos del suelo y tan cerca del cielo. Por fin, en mi tez se refleja la luz, esa que sólo la mañana provoca la llamada a la vida. 
En el confín consigo verlos, tan insólito a mis ojos, ocupando como una vez yo hice la caja de experimento. Con colores diferentes y ensordecedoras voces de ángeles dirigentes. Con la luna en su cabeza y el agua salada en sus piernas. 

Sorprendiendome de la alegría que genera el desapego y el vibrar de la energía. Como sí de otro humano renaciese en esta pesadumbre.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Modela.

Sigo con el reboltijo en el estómago y la sensación de descanso de mi cuerpo. Continuo con la sonrisa ligera que marca mi cara, aún sin pretenderlo. Siendo está la que me posee de arriba abajo, cada fibra de mi anatomía, como la que maniobra toda la batuta.

Aún siento entre mis piernas esa butaca roja, la cara hinchada y los cachetes empapados, llenos de canales de sal, esos que me recubren cada surco de mi tez. El cuerpo temblandome, la respiración acelerada y la impotencia de las manos a la hora de reaccionar a algo, solamente a la idea fija de mantener el dedo firme aunque tan tímido en el vacío. A la espectativa de que llegue mi momento, aún sin de verdad quererlo, corrompida por el miedo. Apuntando como cañón para lanzarme a la piscina de miradas. Miradas que duelen y reavivan. De cómplices de lucha. Esas que sientes que aún dadas las palabras te ven con unas gafas diferentes.
 
Aún percibo el nudo en la garganta formado por todas las palabras atragantadas, queriendo salir al unísono de ese incómodo lugar y continuar su camino a oídos ajenos. Impedidas por el dolor y la impotencia  presente en el cuerpo.

Reaccioné ante esto que sentía y decidida las catapulté, despacio pero con claridad. Tanta que abrumo mi miedo, y cada vez fueron más altas para llegar más lejos, que se alejaran lo máximo de mi. Para así, eliminarlas de pecho y de mi ser, vaciando toda marca generado por su reclusión.
Palabras privadas durante mucho tiempo a reflejar las huellas, las heridas y las cargas enquistadas por el desértico silencio imperante de la vida.
Oigo todavía los estímulos presentes a mi alrededor, venido de voces cercanas, llegandose a convertir estos en protagonistas de la historia. Construida en base a todo el llanto expulsado de diversos ojos cansados e hinchados, enrojecidos de rabia y de dolor, tanto propio como el ajeno. 



Una historia reflejada y negada durante el trayecto de lo vivido. De esa que duelen cuando la observas y te apuñala fríamente en el "yo". Siendo esto, por tal, el más amplio reflejo de sí misma, de un ombligo muy herido y desgarrado que ha querido ocultarse para no ser tratado. 
De ese estado de consciencia que te vislumbra el arcoiris de tu ser. Aquel que realiza el efecto rebote de unas acciones que te destruyeron y que con tanto ahínco negabas, generado por una enseñanza continua impuesta.
Porque tu ya eres tu, sino el ser que queda después de "tu" violencia.
Eres la reproducción, como de un CD pirateado, de una película que tuvo un final donde nadie comió perdices, donde nadie te dio fórmulas y donde los dragones eran los seres que más querías. 
Imaginas que aquello que se genera en un espacio, se dispersa en los recuerdos, quedando estancados en la memoria para pudrírse ahí como cual desecho. Erróneo pensamiento del que en tu cuerpo no queda codificado nada de ello. 
Niegas y realizas una evitación activa de toda interacción tuya. Porque no eres tu, no puede serlo. Tu no puedes ser la imagen del monstruo que tanto te quitó el sueño. No te cabe en la cabeza que eres el producto de un patrón. 


Ante esto... Sólo queda.... El silencio.


Me abrazo, y reconozco lo que queda de mi (de ti) y me acaricio con ternura cada herida vista y cada cicatriz entreabierta. Ya no queda más que aceptarme(te). No esperó más, porque no necesito seguir tragando.

Los recuerdos no son algo que sólo se sienta en tu mente, sino que te acompañan en tu todo... 

Sólo queda alegrarme por el paso que he dado y por la vida que aún me espera. " Dialogar", desde mi amor, de ese que no conocía, al ser que tanto escondía debajo de la cama de mis sentimientos, en una cajita muy alejada de donde pudiera cogerla.
Seguir caminando, seguir llorando y seguir cantando, seguir y seguir en un continuo cambio, en una metamorfosis de todo lo revuelto en mí. Dejar la vergüenza por soltarlo y de  las agrias experiencias de una realidad pasada. 
Sólo me queda la complicidad y el alivio venido de una soltura de costuras que de tanto apretar, ahogaban hasta el espíritu.

Esa guerra ha terminado, aprehendiendo de ella, y aferrando me a la vida que me espera, a una vida marcada por el continuo trayecto de la calma y la libertad. 
Hoy, más preparada que nunca ,y menos de lo que en un futuro estaré, que pueden llegar y que recibiré cualquier golpe que me den, por muy silenciosa que este escondida la violencia. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Hola. Mi nombre es XX.

Hoy reivindico mi derecho a hablar sobre mí. Sobre mi yo más profundo. Sobre lo que siento y lo que no siento. Lo que quizás llegaré a sentir o lo que posiblemente nunca sentiré.
No sé bien que palabras poder utilizar. No sé bien si estará plasmada a la orden de lo que ahora se mueve en mí. Solo parto con una idea: El no saber.

Todo el rumbo caótico de mi existir ha sido influenciado por ello. Por el no saber. He pasado todo lo que hay en mi corta vida sobre "el no saber". Recliné todas mis aspiraciones a que quizás, un día llegara a saber. Hoy siento que ha sido en vano. No me siento mal por decirlo, ya pasé por esa etapa. He pasado por todas las etapas, e incluso creo que me he inventado algunas.

Es como si de repente ves que todos los seres van caminando fuertes. Con los pies fijados al suelo, anclando raíces. Gordas y potentes. Únicas y unidas. En sus manos llevaran secuestrado el tiempo y por ello, para esos seres, todo es imperante y acelerado.Efímero. Pero tú, ese personaje que todas las mañanas se levantas y ve el mismo reloj de siempre, no camina fuerte. No tienes raíces y mucho menos fuertes y potentes. Simplemente, no caminas. No avanzas. No eres dueño de nada, porque nada te pertenece, nada es tuyo ni suyo.Como si estuvieras prisionero en tu silla, en tu cama... en tu vida.
Y es así. Todos te miran, como ellos van fijándose más y más en el suelo. Incrustándose poco a poco en éste. Van andando y con cada paso van dejando su huella, su pisada firme. Sientes como se recrea un coro entorno a ti, aquellos seres con ojos imperiosos no dejan de observándote. Esperando el momento preciso para poder sentenciar los despistados y dudosos pasos. Buscando algo que se da, o que está, en nosotros mismos. Sin verlo o sin pretenderlo hacer.

Desglosándome. Desglosando en sí, sin pretender llegar a ninguna parte, sólo que ésta misma me haga fluir hasta una misma idea. Tengo la necesidad de conocer más la vida. Más allá, más profundo. Otra vez con ese insistente intento de "querer saber".
Nunca supe tanto de mí, nunca he llegado ni a saber nada, de lo que en verdad quiero. Sé, posiblemente dado por continuas caídas, que es lo que no quiero. Entonces, llegas al mismo punto de partida. Mandándome siempre "el no saber".

Nada queda si no te permiten coger impulso, para en vez caminar, saltar. Para quizás así, llegar más alto que los demás seres. Dejar de ser el objetivo de esos mirares sobrecogedores. Escapar de las manos de ellos, de su contingencia y su necesidad de medirlo todo por años, edades, horas, minutos, segundos. Todo está catalogado en ese tiempo pre-diseñado por éstos seres, algo que se escapa a esa catalogación, se pierde, se pudre o se muere. No sirves, no vales, no eres nada. Vacíos envueltos en títulos. Conocedores del saber sin saber que es.

Tomo nuevamente la oportunidad de hablar al viento, al aire, a todo. En cualquier instante, escogiendo yo éste mismo. Sin preocuparme de nada, de más allá sino de encontrar palabras necesarias. Solo yo, acá. Aquí mismo, sentada, delante de ti. De mi misma.
Hablando de mí, sin ni siquiera conocerme, sin ni siquiera saber qué se es o quién se es. Porque en verdad no sé. No sé nada y sé lo necesario, para ser consciente de ello.

- Es complicado llorar cuando sabes que te puedes oxidar. Cuando sólo estas en una silla sin dar pasos, buscando los pies adecuados que te guíen al camino que es.